https://pixabay.com/es/photos/obras-de-arte-estatua-cohibido-4015213/
Reflexionando sobre la calificación y sobre las consecuencias de ofrecer esta información "pelada y mondada" a los alumnos y a sus familias, me asaltan varios interrogantes. En primer lugar, me parece interesante plantearnos qué significa la calificación para los alumnos y las familias. Existe la "verdad absoluta" (aceptada por la sociedad) de que "la obligación" de los niños y jóvenes es estudiar para aprobar y conseguir un título que les permita trabajar. Por tanto, el indicador de control que nos permite valorar si nuestros adolescentes están cumpliendo con su obligación y están teniendo éxito se reduce, en un porcentaje bastante alto, a las notas. Cuando, por ejemplo, tu vecina le pregunta a tu hijo "¿Qué tal en el cole?" no le está invitando a hablar sobre lo que aprende o sobre si es feliz durante su jornada; está consultando de una manera bastante directa los resultados académicos del chico en cuestión. Con este panorama, los niños han focalizado su tarea en obtener resultados académicos, independientemente de las destrezas que hayan adquirido, de las experiencias que hayan disfrutado o de los conocimientos que hayan asimilado. Éxito = notas altas. De esta igualdad se infiere: notas bajas = fracaso. Partiendo de estas premisas, el alumno y la familia pasan a estar preocupados sobre todo por los boletines trimestrales, sin prestarle atención al desempeño real de los adolescentes en la escuela. ¿Cómo podrá un alumno interesarse por lo que hace bien o mal, por aprender o por mejorar, si las únicas cuentas que tiene que rendir son las de las calificaciones obtenidas? Más bien, el estudiante intentará hallar el modo de obtener mejores resultados con el menor esfuerzo posible. ¿Dónde quedan entonces la motivación y los sueños de estos jóvenes? Pues en el limbo de la educación infantil, etapa en la que desconocían lo que era "un 7".
Por otro lado, creo necesario que los educadores nos planteemos si la calificación para nosotros es un fin o un medio. Evidentemente si tomamos la calificación como un fin estamos reforzando el concepto anterior en nuestros alumnos, el éxito se mide en puntos, promoviendo así la mentalidad fija. Pensemos en un examen tradicional; el profesor lee las respuestas de sus alumnos, hace una valoración sobre la similitud y la proximidad con la respuesta adecuada (la que él considera correcta) y emite un juicio de valor. Pero si nos quedamos ahí, sin dar más información sobre su desempeño al chico, este alumno nunca será capaz de modificar aquello que estaba mal, le estaremos privando de entender el error como motor del cambio, como oportunidad de mejora.
En el siguiente vídeo José Antonio Fernández Bravo nos invita con su experiencia a pensar.
Me quedo con una afirmación suya: "que las respuestas que obtenemos no coincidan con las que esperamos no significa (...) que no razonen, sino que simplemente hay discrepancia entre lo que nosotros deseamos y lo que obtenemos". Por tanto como profesores tenemos la obligación de dejar claro a los alumnos lo que esperamos de ellos y esto pasa por concretar nuestros objetivos antes de cada actividad, pero también, por supuesto, por aclarar mediante un feedback eficaz qué objetivos no han alcanzado y de qué manera pueden lograrlos.
La calificación no puede ser más que un indicador en una escala, una marca motivada (además de por la obligación de nuestro sistema educativo) por el progreso en la consecución de logros de cada chico. No tiremos piedras sobre nuestro propio tejado; demostrémosles a nuestros alumnos que lo importante no es el 7 o el 4 que les ponemos, sino lo que están haciendo bien y hasta dónde pueden llegar. Liberemos a los claustros y a las familias del yugo de la nota para tener mentalidad de crecimiento en la sociedad que va a organizar nuestro futuro.
https://pixabay.com/es/photos/tablero-tiza-negocios-trabajo-3695073/
Imágenes bajo licencia CC0 de www.pixabay.com


No hay comentarios:
Publicar un comentario