Tradicionalmente, los docentes se han fijado exclusivamente en el producto final, como decíamos en entradas anteriores, algo que tenía sentido en un sistema educativo que pretendía "formalizar" a los sujetos para que adquiriesen las habilidades necesarias de modo que se convirtiesen en individuos productivos en labores mecánicas; esta es la herencia de la revolución industrial. Sin embargo, el panorama actual es muy distinto de la situación laboral del s. XIX, incluso de la situación de los dos primeros tercios del s. XX. Por este motivo, los docentes tenemos la obligación de modificar nuestros modelos de enseñanza y de evaluación.
A lo largo de mis años como profesora, he pasado por diferentes fases. En un primer momento, necesitaba mucho la guía del libro, me sentía segura siguiendo el orden de los temas que proponía el método elegido y realizando las actividades pautadas por el mismo. Las evaluaciones que realizaba en aquel momento eran muy pobres, se trataba de pruebas principalmente sobre el contenido de los distintos temas; a los alumnos les bastaba con memorizar, relacionar y aplicar conceptos para obtener resultados notables. Con el paso del tiempo, gracias a la experiencia, a la interacción con los alumnos, después de conocer muchos métodos y asistir a muchos cursos, mi manera de trabajar se fue transformando: cada vez me costaba menos elaborar actividades propias, veía posibilidades en actividades que se centraban en los procesos más que en el contenido, era capaz de enriquecer las unidades didácticas y de variar las actividades propuestas por el método. En este punto, ya recogía información no solo al final de los temas sino durante el desarrollo de los mismos, es decir, evaluaba durante el proceso, pero se trataba aún de una evaluación pobre. Mis alumnos no conocían mis criterios, no utilizaba herramientas de evaluación en el sentido en que hoy las conocemos.
En todo este tiempo, controlaba lo que mis alumnos habían aprendido con una prueba final, con un "examen" (me cuesta utilizar esa palabra cuando hablamos de enseñanza obligatoria con una ley que exige evaluación continua) que se realiza al final de la unidad para controlar lo que habían aprendido o no. ¡Qué osadía! ¡Como si lo único que aprendiese un alumno fuese lo que plasma en un control de conceptos al final de una unidad! Pero lo hacíamos la mayoría así y es lo más sencillo a mi parecer. Es la situación de evaluación más cómoda para el profesor y la que requiere menos esfuerzo tanto en su planteamiento como en su ejecución: escribo unas preguntas similares a las que han resuelto fijándose en el libro, reservo una sesión en la que dispongo el aula con los pupitres separados y recojo los datos para corregirlos más tarde, a mi ritmo, cuando pueda. Lo más sencillo. Y quizás lo menos significativo.
Después de hacer más cursos de Inteligencias Múltiples, de ABP, de Flipped Classroom, de Aprendizaje Cooperativo o de Evaluación Auténtica, empiezas a replantearte tus clases, tus actividades, tus limitaciones como profesor, las habilidades de tus alumnos, la necesidad de las pruebas objetivas, la importancia de evaluar otros aspectos del aprendizaje... Cuando descubrí las rúbricas de evaluación, las listas de control o de cotejo y las escalas de valoración entendí que un control no es una herramienta tan eficaz, aunque sí mucho más cómoda.
Ahora veo la evaluación como un agente principal en la evolución de mis alumnos y de su aprendizaje. La evaluación es el motor del cambio, el motor del aprendizaje, forma parte de nuestra vida, es la actividad que nos ayuda a aprender de forma natural (recuerdo aquí el vídeo de Sofía Camussi "No soy un 7"). ¿Tiene algún sentido dejar la evaluación solo para el final de la unidad didáctica? Si se trata de un indicador de logro y nuestro objetivo es que los alumnos alcancen una meta, será importante conceder a los alumnos la oportunidad de comprobar y controlar por sí mismos si van adquiriendo las habilidades necesarias para lograr sus propósitos. Del mismo modo, una evaluación inicial ofrece al profesor una información muy relevante sobre el punto de partida de los estudiantes. ¿Cómo puede el docente ajustar los contenidos y los procesos de una unidad didáctica para que todos los alumnos alcancen los objetivos propuestos si no conoce las habilidades y conceptos previos que poseen los alumnos?
Tras unos años de trabajar con otros instrumentos de evaluación y de favorecer la autoevaluación y coevaluación en mis clases, extraigo dos conclusiones. La primera de ellas es que cuando un alumno conoce por adelantado los criterios de evaluación de una determinada actividad se producen varios cambios en él: por un lado, su esfuerzo es más eficaz, puede revisar sus producciones de un modo objetivo, está seguro de que la valoración de su trabajo no queda a merced de los gustos estéticos o de la opinión subjetiva del docente, sino del cumplimiento de unos estándares que se han presentado con anterioridad y que se pueden comprobar de forma objetiva; por otro lado, recibir feedback de sus compañeros hace que observe los errores con otra mirada, empieza a aceptar las críticas constructivas como una ayuda para mejorar sus ejecuciones y se siente capaz de evolucionar; por último, valorar las producciones de otros compañeros, le ayuda a ser consciente de su ejecución, a percibir los fallos ajenos así como los propios, a realizar aportaciones edificantes cuidando el lenguaje, desarrollando la empatía. En definitiva, este proceso favorece tanto el aprendizaje de nuestros alumnos, como el crecimiento personal de los mismos.
Y entonces los educadores empezamos a disfrutar de menos tiempo. Planificar la evaluación es de suma importancia. Los alumnos en este sistema necesitan conocer con antelación nuestras herramientas de evaluación, por lo tanto antes de comenzar nuestra unidad didáctica tendremos que diseccionar los estándares de evaluación y crear nuestras rúbricas, listas de control, escalas de valoración... al programar la unidad; incluso podemos prever en nuestras programaciones el momento en que vamos a consensuarlas con ellos. Durante las clases el docente tiene que prestar atención porque constantemente estará evaluando; ya no puedo llevarme "las pruebas" a casa. Los alumnos realizan la exposición en clase y durante su trabajo desplegamos todos la rúbrica pertinente para valorar su ejecución. Ahora disponemos de menos tiempo en clase (o empleamos mejor el tiempo de clase del que disponemos), ya que tras la exposición damos voz al resto de alumnos para la coevaluación... Y con todo esto ¿qué conseguimos? Alumnos preparados, que entienden el error como motor del cambio, que saben cómo realizar producciones válidas, que aprenden y evolucionan.
¿Y si empezamos a "evoluar"?
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