¿Qué es normal? ¿Qué cantidad de diferencias soporto dentro de mis parámetros de normalidad? ¿Dónde encuentro la rúbrica para decidir si alguien es normal o no?
¡Qué preguntas tan difíciles! Creo que no hemos aprendido todavía que la realidad es "insaisissable" (palabra francesa que puede traducirse por "escurridiza") desde el momento en que cada uno elaboramos nuestros juicios de valor no como son las cosas, sino como "somos", es decir, desde nuestra experiencia, nuestros prejuicios, nuestra historia, nuestras creencias... Nos cuesta entender que las diferencias del otro, solo son diferencias en mi mirada, en mi contexto, bastante limitado por cierto. Por eso, la tendencia es pensar que un alumno normal para mí será aquel que encaje en mi prototipo de alumno normal, pero ¡cuidado! eso no querrá decir que ese sea realmente un alumno normal.
La escuela del s. XX ha conservado los principios de la escuela del s. XIX a pesar de que los objetivos hayan ido modificándose poco a poco. Aquella escuela pretendía "normalizar" a sus alumnos, conseguir que fuesen trabajadores disciplinados, que adquiriesen los conocimientos necesarios para convertirse en obreros útiles. Y aquí encontramos una primera idea de lo que sería un alumno normal. La ilustración de Tonucci vale más que mil palabras.
En el s. XXI considero que tenemos la obligación de alejarnos de esta imagen y no pensar más en alumnos "normales" por dos motivos. En primer lugar, la revolución industrial quedó bien lejos y nuestro mundo avanza tan rápido que ni siquiera me siento capaz de prever qué tipo de trabajos van a realizar nuestros alumnos. En segundo lugar, sería muy injusto no valorar otras habilidades, otras capacidades que los niños tienen y que podemos ayudarles a desarrollar en beneficio de nuestra sociedad y en el suyo propio.
En el año 2012 en el programa "Redes" ya apuntaba Ken Robinson algunas ideas al respecto.
Más allá de las consecuencias académicas que esta "normalización" tiene en nuestros alumnos, son preocupantes otras consecuencias. Este concepto de normalidad, de alumnos normales frente a otros que no lo son y que habitualmente coinciden con los que suelen fracasar, genera un rechazo de la diferencia. En este momento en el que nos preocupamos tanto por defender la igualdad, deberíamos acompañar nuestras manifestaciones públicas y nuestras reflexiones en redes sociales de una actuación real y concreta para fomentar el respeto y la aceptación en la escuela que es el lugar en el que se encuentra el germen de la sociedad futura. Es difícil que un niño llegue a considerar positiva la diferencia si esa diferencia se trata como un fallo (me remito de nuevo a la imagen de Tonucci para centrarme en ese desagüe de "desechos", que por otra parte me ha evocado la saga literaria Divergente).
El objetivo de la educación actualmente debería ser dotar a los alumnos de las herramientas necesarias para convertirse en adultos responsables, tolerantes y capaces, en ciudadanos justos y honrados. ¿De qué modo un alumno que no tiene las mismas habilidades o capacidades que otro puede entender que la evaluación es justa si les pedimos a ambos que alcancen los mismos objetivos a través del mismo proceso?
Dejemos de mirar a nuestros alumnos en función de nuestros parámetros de normalidad, desarraiguemos la norma de nuestra mirada para hacer normal la diferencia; es la única manera de ser más justos.
https://pixabay.com/es/vectors/con-los-ojos-vendados-injusticia-2025474/
FUENTES
Vídeo extraído de YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=X2nWP9bztWM
Imagen de Tonucci extraída de un artículo de El Confidencial: https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/educacion/2016-06-07/ajedrez-colegio-educacion_1212523/
Imagen de Justicia bajo licencia CC0 extraída de www.pixabay.com


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