sábado, 30 de marzo de 2019
DE TODO SE APRENDE...
En general, soy una persona muy curiosa y tengo altas dosis de motivación, lo que me ha empujado a embarcarme en numerosos retos a lo largo de mi vida. Hace unos años retomé una actividad que descubrí de niña pero que nunca había dominado: el ganchillo.
Mi madre siempre había hecho ganchillo decorativo además de unos cuantos bikinis para mi prima y para mí cuando éramos bebés. Para mantenerme entretenida las largas tardes de verano en casa se le ocurrió enseñarme algo y así me pasaba las horas estivales, como Penélope, haciendo y deshaciendo cadenetas de ganchillo sin llegar a concluir nunca ninguna pieza.
Cuando en invierno mis hijas recibían gorros y bufandas de regalo pensé que les gustaría llevar las prendas que elaborase su propia madre con mucho amor y casi ninguna experiencia. Y aunque esto último nunca haya sido un impedimento para mí, la verdad es que no se hacen gorros ni bufandas solo con cadenetas. Llegados a este punto, tenía que actualizar y ampliar mis conocimientos sobre el ganchillo y caí en las redes de la lana y las agujas.
En primer lugar, recordé (recordar) lo que había aprendido con mi madre, recuperé mis antiguos ganchillos y practiqué con algunos restos de hilo que encontré por casa. A continuación, busqué vídeo tutoriales sobre ganchillo y probé a repetir (reproducir) algunos de los puntos nuevos para mí que se explicaban en los clips. En este momento y gracias al optimismo que me caracteriza, decidí lanzarme a realizar (producir) mi primera labor: un gorrito de ganchillo para mi hija mayor. El resultado acabó con mis expectativas, pero sobre todo con las de mi niña que estaba deseando estrenar el accesorio en cuestión. En este momento valoré (revisar) el resultado comparándolo (contrastar) con el del tutorial: tenía que emplear otros materiales, ya que tanto el hilo como la aguja eran demasiado pequeños en comparación con los que utilizaba la experta en ganchillo al otro lado de la pantalla (criticar e identificar). Pero el fracaso no me quitó la ilusión, sino que despertó en mí la idea de que quizás debía haber empezado por algo más sencillo que pudiese realizarse con los materiales de los que disponía. Así que me puse manos a la obra y localicé otra labor (modificar), más fácil y rápida, para compensar a mi niña y para resarcirme del anterior desastre lanero.
Llegó el momento de probar con una pequeña flor que podíamos coser a una pinza del pelo. Al tratarse de un adorno, no era importante el tamaño del hilo ni de las agujas (siempre que el tamaño del ganchillo se ajustase al de la lana); ideal para utilizar mis antiguos ganchillos (solucionar) y reciclar el hilo empleado en el gorrito anterior. Volví a buscar un tutorial oportuno y con renovadas esperanzas me puse manos a la obra. Después de hacer, deshacer y rehacer (identificar, contrastar, reproducir...) algunos puntos, el resultado fue aceptable. Entonces supe que este era el principio del camino, que todavía me quedaba (y me queda) mucho por aprender y que solo con práctica y empeño, repitiendo, observando, comparando, prediciendo... podría mejorar en mi ejecución. Parece que en definitiva una experiencia de aprendizaje tiene algunas constantes se trate de lo que se trate.
Desde entonces he realizado muchas labores diferentes a ganchillo: adornos, diademas, gorros, bufandas e incluso jerseys. Con cada prenda que elaboro aprendo algo nuevo y no solo sobre el ganchillo en sí; ha aumentado mi resiliencia, ahora puedo estimar el tiempo que me llevará realizar un accesorio, soy capaz de explicar cómo lo hago, puedo diseñar algunas prendas sencillas... ¿No ocurre esto con cada situación nueva a la que nos enfrentamos? ¿No podría esta experiencia convencernos para ampliar los límites de las situaciones de aprendizaje que pueden hacer crecer a nuestros alumnos?
En conclusión, cada reto, cada desafío, cada problema pone en marcha una cantidad importante de procesos mentales que nos ayudan a crecer, a evolucionar. ¿Vamos a privar de esta oportunidad a nuestros jóvenes? Sería totalmente injusto, porque de todo se aprende.
Imágenes bajo licencia CC0 de www.pixabay.com
domingo, 17 de marzo de 2019
LA NORMA EN TU MIRADA
¿Qué es normal? ¿Qué cantidad de diferencias soporto dentro de mis parámetros de normalidad? ¿Dónde encuentro la rúbrica para decidir si alguien es normal o no?
¡Qué preguntas tan difíciles! Creo que no hemos aprendido todavía que la realidad es "insaisissable" (palabra francesa que puede traducirse por "escurridiza") desde el momento en que cada uno elaboramos nuestros juicios de valor no como son las cosas, sino como "somos", es decir, desde nuestra experiencia, nuestros prejuicios, nuestra historia, nuestras creencias... Nos cuesta entender que las diferencias del otro, solo son diferencias en mi mirada, en mi contexto, bastante limitado por cierto. Por eso, la tendencia es pensar que un alumno normal para mí será aquel que encaje en mi prototipo de alumno normal, pero ¡cuidado! eso no querrá decir que ese sea realmente un alumno normal.
La escuela del s. XX ha conservado los principios de la escuela del s. XIX a pesar de que los objetivos hayan ido modificándose poco a poco. Aquella escuela pretendía "normalizar" a sus alumnos, conseguir que fuesen trabajadores disciplinados, que adquiriesen los conocimientos necesarios para convertirse en obreros útiles. Y aquí encontramos una primera idea de lo que sería un alumno normal. La ilustración de Tonucci vale más que mil palabras.
En el s. XXI considero que tenemos la obligación de alejarnos de esta imagen y no pensar más en alumnos "normales" por dos motivos. En primer lugar, la revolución industrial quedó bien lejos y nuestro mundo avanza tan rápido que ni siquiera me siento capaz de prever qué tipo de trabajos van a realizar nuestros alumnos. En segundo lugar, sería muy injusto no valorar otras habilidades, otras capacidades que los niños tienen y que podemos ayudarles a desarrollar en beneficio de nuestra sociedad y en el suyo propio.
En el año 2012 en el programa "Redes" ya apuntaba Ken Robinson algunas ideas al respecto.
Más allá de las consecuencias académicas que esta "normalización" tiene en nuestros alumnos, son preocupantes otras consecuencias. Este concepto de normalidad, de alumnos normales frente a otros que no lo son y que habitualmente coinciden con los que suelen fracasar, genera un rechazo de la diferencia. En este momento en el que nos preocupamos tanto por defender la igualdad, deberíamos acompañar nuestras manifestaciones públicas y nuestras reflexiones en redes sociales de una actuación real y concreta para fomentar el respeto y la aceptación en la escuela que es el lugar en el que se encuentra el germen de la sociedad futura. Es difícil que un niño llegue a considerar positiva la diferencia si esa diferencia se trata como un fallo (me remito de nuevo a la imagen de Tonucci para centrarme en ese desagüe de "desechos", que por otra parte me ha evocado la saga literaria Divergente).
El objetivo de la educación actualmente debería ser dotar a los alumnos de las herramientas necesarias para convertirse en adultos responsables, tolerantes y capaces, en ciudadanos justos y honrados. ¿De qué modo un alumno que no tiene las mismas habilidades o capacidades que otro puede entender que la evaluación es justa si les pedimos a ambos que alcancen los mismos objetivos a través del mismo proceso?
Dejemos de mirar a nuestros alumnos en función de nuestros parámetros de normalidad, desarraiguemos la norma de nuestra mirada para hacer normal la diferencia; es la única manera de ser más justos.
https://pixabay.com/es/vectors/con-los-ojos-vendados-injusticia-2025474/
FUENTES
Vídeo extraído de YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=X2nWP9bztWM
Imagen de Tonucci extraída de un artículo de El Confidencial: https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/educacion/2016-06-07/ajedrez-colegio-educacion_1212523/
Imagen de Justicia bajo licencia CC0 extraída de www.pixabay.com
domingo, 10 de marzo de 2019
PARA FUTUROS INCIERTOS, MENTALIDAD DE CRECIMIENTO
https://pixabay.com/es/photos/obras-de-arte-estatua-cohibido-4015213/
Reflexionando sobre la calificación y sobre las consecuencias de ofrecer esta información "pelada y mondada" a los alumnos y a sus familias, me asaltan varios interrogantes. En primer lugar, me parece interesante plantearnos qué significa la calificación para los alumnos y las familias. Existe la "verdad absoluta" (aceptada por la sociedad) de que "la obligación" de los niños y jóvenes es estudiar para aprobar y conseguir un título que les permita trabajar. Por tanto, el indicador de control que nos permite valorar si nuestros adolescentes están cumpliendo con su obligación y están teniendo éxito se reduce, en un porcentaje bastante alto, a las notas. Cuando, por ejemplo, tu vecina le pregunta a tu hijo "¿Qué tal en el cole?" no le está invitando a hablar sobre lo que aprende o sobre si es feliz durante su jornada; está consultando de una manera bastante directa los resultados académicos del chico en cuestión. Con este panorama, los niños han focalizado su tarea en obtener resultados académicos, independientemente de las destrezas que hayan adquirido, de las experiencias que hayan disfrutado o de los conocimientos que hayan asimilado. Éxito = notas altas. De esta igualdad se infiere: notas bajas = fracaso. Partiendo de estas premisas, el alumno y la familia pasan a estar preocupados sobre todo por los boletines trimestrales, sin prestarle atención al desempeño real de los adolescentes en la escuela. ¿Cómo podrá un alumno interesarse por lo que hace bien o mal, por aprender o por mejorar, si las únicas cuentas que tiene que rendir son las de las calificaciones obtenidas? Más bien, el estudiante intentará hallar el modo de obtener mejores resultados con el menor esfuerzo posible. ¿Dónde quedan entonces la motivación y los sueños de estos jóvenes? Pues en el limbo de la educación infantil, etapa en la que desconocían lo que era "un 7".
Por otro lado, creo necesario que los educadores nos planteemos si la calificación para nosotros es un fin o un medio. Evidentemente si tomamos la calificación como un fin estamos reforzando el concepto anterior en nuestros alumnos, el éxito se mide en puntos, promoviendo así la mentalidad fija. Pensemos en un examen tradicional; el profesor lee las respuestas de sus alumnos, hace una valoración sobre la similitud y la proximidad con la respuesta adecuada (la que él considera correcta) y emite un juicio de valor. Pero si nos quedamos ahí, sin dar más información sobre su desempeño al chico, este alumno nunca será capaz de modificar aquello que estaba mal, le estaremos privando de entender el error como motor del cambio, como oportunidad de mejora.
En el siguiente vídeo José Antonio Fernández Bravo nos invita con su experiencia a pensar.
Me quedo con una afirmación suya: "que las respuestas que obtenemos no coincidan con las que esperamos no significa (...) que no razonen, sino que simplemente hay discrepancia entre lo que nosotros deseamos y lo que obtenemos". Por tanto como profesores tenemos la obligación de dejar claro a los alumnos lo que esperamos de ellos y esto pasa por concretar nuestros objetivos antes de cada actividad, pero también, por supuesto, por aclarar mediante un feedback eficaz qué objetivos no han alcanzado y de qué manera pueden lograrlos.
La calificación no puede ser más que un indicador en una escala, una marca motivada (además de por la obligación de nuestro sistema educativo) por el progreso en la consecución de logros de cada chico. No tiremos piedras sobre nuestro propio tejado; demostrémosles a nuestros alumnos que lo importante no es el 7 o el 4 que les ponemos, sino lo que están haciendo bien y hasta dónde pueden llegar. Liberemos a los claustros y a las familias del yugo de la nota para tener mentalidad de crecimiento en la sociedad que va a organizar nuestro futuro.
https://pixabay.com/es/photos/tablero-tiza-negocios-trabajo-3695073/
Imágenes bajo licencia CC0 de www.pixabay.com
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