domingo, 5 de mayo de 2019

DESPUÉS DEL NÚMERO FINAL... ¡QUE LA FUNCIÓN CONTINÚE!


¡Queridos espectadores, la función va llegando a su final! Queremos concluir nuestro espectáculo con un número que sirva para echar la vista atrás y recordar todas nuestras actuaciones a lo largo de este show. Toca revisar nuestras propuestas y lanzarlas para que el público nos devuelva sus impresiones con una gran ovación o con menos entusiasmo. Cada gesto del respetable nos servirá para avanzar en nuestro camino al éxito.

He querido mantener este hilo conductor del curso, que tanto juego ha dado. Soy Noemí Gallego, profesora de Lengua y Francés en 1º y 2º de ESO en el colegio Salesianos Atocha. Agradezco a todas las personas que han trabajado para que un grupo de profesores hayamos podido formarnos en evaluación.

Como ya comenté en entradas anteriores, entiendo como imprescindible una transformación de la evaluación para que la comunidad educativa deje de prestar atención a la calificación en favor del interés por el desempeño, por las habilidades adquiridas y por la relevancia de los aprendizajes. Para ello he planteado el siguiente itinerario gracias al curso realizado y a las indicaciones de la tutora y de todos los formadores.


Os comparto la imagen de mi bicicleta de evaluación al inicio de la formación, a pesar de que ya estoy en proceso de modificar algunos elementos.


Mi intención es conectar todas las actividades con criterios y estándares para, de esta forma, mejorar el sillín de mi bicicleta. Me gustaría darle más peso a la opinión de mis alumnos consensuando criterios de evaluación con ellos antes de facilitarles las herramientas para cada tarea. Por último, para mejorar el qué enseñar tengo la intención de desarrollar proyectos en los próximos cursos.

Para atender a la diversidad, propongo la siguiente unidad didáctica, en la que están contemplados todos los estilos de aprendizaje. Con actividades que responden a distintos perfiles de alumno nos aseguramos que todos ellos tienen oportunidades para el éxito.







































Con un itinerario de evaluación desarrollado teniendo en cuenta la autoevaluación, la heteroevaluación y la coevaluación podremos evaluar de la manera más completa, significativa y objetiva posible el desempeño de los alumnos. Ahí va mi propuesta.



He planteado darle mayor peso al porfolio reflexivo y a la tarea revisada a partir de la rúbrica de evaluación puesto que me parecen herramientas que ofrecen una información más profunda sobre las habilidades adquiridas por los alumnos. También se trata de tareas con más carga de trabajo. Por su parte el porfolio reflexivo recupera impresiones a partir de todas las actividades planteadas; es por esto,  que creía necesario aumentar el porcentaje de esta herramienta. La calificación pasa a ser el resultado de la adquisición de competencias, un resumen del dominio de las habilidades trabajadas en la unidad.

Para llevar a cabo este plan son imprescindibles unas herramientas de evaluación acertadas, acordes al itinerario que pretendemos desarrollar. Se trata de ayudar a los alumnos a desarrollar al máximo sus capacidades y a dejarles claro cuáles son los niveles de desempeño que pueden alcanzar. Para ello os presento las listas, escalas y rúbricas que he realizado en este curso.



Quiero destacar que en este curso he "re-descubierto" el valor del porfolio. Las reflexiones tras las actividades de cada bloque me han ayudado enormemente. Todas las actividades han sido muy interesantes y, sobre todo, muy prácticas, enfocadas al desarrollo de nuestras programaciones y de nuestro día a día.




Parece que suena la música del número final, que hemos llegado al final de este camino, pero yo creo que no es así, que esto no es más que el comienzo de nuestra nueva práctica docente.






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¡Ánimo, colegas, y que siga la función! ¡Nos vemos en la pista!











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domingo, 14 de abril de 2019

NO SOLO DE EXÁMENES VIVE EL PROFE...





Tradicionalmente, los profesores han calificado a los alumnos basándose en la realización de exámenes, pruebas objetivas que presentan algunas ventajas así como ciertos inconvenientes. En esta entrada intentaré llevar "el examen a examen" y reflexionar sobre su eficacia en el panorama educativo actual.

Cuando hablamos de exámenes inmediatamente pensamos en una clase ordenada en filas y columnas donde los alumnos se enfrentan solos y en silencio a una prueba objetiva sin apoyo del profesor ni de materiales didácticos para demostrar los conocimientos adquiridos a lo largo de una unidad didáctica, un trimestre o un curso. Se trata de una manera cómoda y eficaz de recoger datos individuales para luego poder analizarlos en un momento más propicio a un ritmo completamente personal (el del profesor). Las ventajas, a priori, de este sistema es que supuestamente los datos volcados en el ejercicio responden a la adquisición de conocimientos por parte del alumno, por lo tanto se trataría de una información fiable y objetiva. Por otro lado, permite al docente comprobar si los alumnos han asimilado ciertos conceptos y si son capaces de aplicarlos sin necesidad de guías o apoyos. El docente, además de mantener el silencio y controlar que los alumnos no copien no necesita realizar ningún esfuerzo extraordinario durante la realización de la prueba. El planteamiento de la prueba puede facilitar al profesor la corrección puesto que cabe la posibilidad de revisar las respuestas con una plantilla; en los casos más extremos, se realizan pruebas tipo test, a veces con herramientas digitales, que permiten una corrección automática. Por otro lado, el examen facilita la calificación sobre 10: el docente asigna la puntuación que desea a cada actividad.

Pero no todo son beneficios. Si utilizamos el examen como única herramienta de evaluación no seremos justos. Es cierto que calificar nos resultará muy fácil, pero ¿realmente estaremos evaluando el desempeño del alumno? Hay muchos factores que pueden influir para que no sea una prueba 100% objetiva y válida. ¿Nunca te han dicho tus alumnos que hay contenidos que no han visto el año anterior cuando eres tú mismo el que los trabajo con ellos? A menudo y en el mejor de los casos, los estudiantes memorizan la información para ser capaces de "vomitarla" en el papel el día del examen y liberar sus neuronas a continuación de esa carga. De esta manera, es harto complicado que retengan algún concepto. Hay otros alumnos que presentan pánico ante este tipo de pruebas (todos los hemos visto aunque no sean muy numerosos); son esos alumnos que durante las clases participan, responden, argumentan para convencer a un compañero y se bloquean cuando tienen que responder las preguntas de un examen. No se merecen que la única manera de demostrar lo que saben sea en una situación tan desfavorable para ellos. Otros alumnos hacen "trampas", copian, nos engañan; hay una versión inocente de este tipo de alumnos, el que pretende que el profesor le facilite la respuesta o, más sutil, le confirme si lo que está contestando es correcto. Con estas reflexiones, considero que hay motivos de sobra para afirmar que el examen no puede ser la única herramienta en manos de un docente si deseamos realizar una evaluación justa y equitativa.

Además de los motivos mencionados anteriormente, creo que podríamos sumar la necesidad de evaluar habilidades y no solo conocimientos. En los exámenes se pueden plantear actividades que nos permitan comprobar el grado de adquisición de ciertas destrezas, pero será imprescindible disponer de otras herramientas que lleguen a las habilidades que no alcanzan las pruebas objetivas.

Llegados a este punto me parece interesante un artículo de "La mente es maravillosa" titulado "¿Los exámenes evalúan correctamente a los alumnos?" que apoya algunos de los argumentos planteados en los párrafos anteriores y que analiza en 5 puntos los problemas de los exámenes tradicionales. A pesar de tratarse de un artículo de septiembre de 2017 me parece de total actualidad.

Sinceramente pienso que, como ya he dicho en otras ocasiones, el problema reside en que somos esclavos de la calificación y por tanto evaluamos para calificar, no para conseguir que nuestros alumnos adquieran las habilidades necesarias para la vida adulta. Del mismo modo, nuestros alumnos trabajan y estudian para aprobar, no para aprender. Y este es el drama de la escuela actual. Por suerte, muchos educadores nos hemos dado cuenta de que necesitamos otra perspectiva, otros panoramas de aprendizaje y otras herramientas que den la vuelta a esta situación.

En los últimos años cada vez más docentes somos conscientes de la necesidad de evaluar por encima de calificar para conseguir jóvenes preparados. En los últimos años he podido comprobar cómo los alumnos agradecen las nuevas herramientas de evaluación, las rúbricas y escalas de estimación, las listas de control. En los últimos tiempos he podido disfrutar de las evaluaciones entre iguales, muy enriquecedoras, siempre significativas y positivas. No quiero privarles ni privarme de estas experiencias que nos hacen crecer, a mis alumnos y a mí. Siempre les he intentado convencer de que lo importante no es el 7 o el 4, sino qué aprendizaje han realizado, qué escalón han subido, qué objetivos han alcanzado y cuáles son sus nuevas metas. Este discurso no tendría sentido sin poner el acento en la evaluación, relegando la calificación a un segundo plano, diversificando las herramientas de evaluación para que no sólo de exámenes vivan alumnos y profes.






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Artículo de la página web https://lamenteesmaravillosa.com/








sábado, 13 de abril de 2019

¿Y SI "EVOLUAMOS"?





Tradicionalmente, los docentes se han fijado exclusivamente en el producto final, como decíamos en entradas anteriores, algo que tenía sentido en un sistema educativo que pretendía "formalizar" a los sujetos para que adquiriesen las habilidades necesarias de modo que se convirtiesen en individuos productivos en labores mecánicas; esta es la herencia de la revolución industrial. Sin embargo, el panorama actual es muy distinto de la situación laboral del s. XIX, incluso de la situación de los dos primeros tercios del s. XX. Por este motivo, los docentes tenemos la obligación de modificar nuestros modelos de enseñanza y de evaluación.

A lo largo de mis años como profesora, he pasado por diferentes fases. En un primer momento, necesitaba mucho la guía del libro, me sentía segura siguiendo el orden de los temas que proponía el método elegido y realizando las actividades pautadas por el mismo. Las evaluaciones que realizaba en aquel momento eran muy pobres, se trataba de pruebas principalmente sobre el contenido de los distintos temas; a los alumnos les bastaba con memorizar, relacionar y aplicar conceptos para obtener resultados notables. Con el paso del tiempo, gracias a la experiencia, a la interacción con los alumnos, después de conocer muchos métodos y asistir a muchos cursos, mi manera de trabajar se fue transformando: cada vez me costaba menos elaborar actividades propias, veía posibilidades en actividades que se centraban en los procesos más que en el contenido, era capaz de enriquecer las unidades didácticas y de variar las actividades propuestas por el método. En este punto, ya recogía información no solo al final de los temas sino durante el desarrollo de los mismos, es decir, evaluaba durante el proceso, pero se trataba aún de una evaluación pobre. Mis alumnos no conocían mis criterios, no utilizaba herramientas de evaluación en el sentido en que hoy las conocemos.

En todo este tiempo, controlaba lo que mis alumnos habían aprendido con una prueba final, con un "examen" (me cuesta utilizar esa palabra cuando hablamos de enseñanza obligatoria con una ley que exige evaluación continua) que se realiza al final de la unidad para controlar lo que habían aprendido o no. ¡Qué osadía! ¡Como si lo único que aprendiese un alumno fuese lo que plasma en un control de conceptos al final de una unidad! Pero lo hacíamos la mayoría así y es lo más sencillo a mi parecer. Es la situación de evaluación más cómoda para el profesor y la que requiere menos esfuerzo tanto en su planteamiento como en su ejecución: escribo unas preguntas similares a las que han resuelto fijándose en el libro, reservo una sesión en la que dispongo el aula con los pupitres separados y recojo los datos para corregirlos más tarde, a mi ritmo, cuando pueda. Lo más sencillo. Y quizás lo menos significativo.

Después de hacer más cursos de Inteligencias Múltiples, de ABP, de Flipped Classroom, de Aprendizaje Cooperativo o de Evaluación Auténtica, empiezas a replantearte tus clases, tus actividades, tus limitaciones como profesor, las habilidades de tus alumnos, la necesidad de las pruebas objetivas, la importancia de evaluar otros aspectos del aprendizaje... Cuando descubrí las rúbricas de evaluación, las listas de control o de cotejo y las escalas de valoración entendí que un control no es una herramienta tan eficaz, aunque sí mucho más cómoda.

Ahora veo la evaluación como un agente principal en la evolución de mis alumnos y de su aprendizaje. La evaluación es el motor del cambio, el motor del aprendizaje, forma parte de nuestra vida, es la actividad que nos ayuda a aprender de forma natural (recuerdo aquí el vídeo de Sofía Camussi "No soy un 7"). ¿Tiene algún sentido dejar la evaluación solo para el final de la unidad didáctica? Si se trata de un indicador de logro y nuestro objetivo es que los alumnos alcancen una meta, será importante conceder a los alumnos la oportunidad de comprobar y controlar por sí mismos si van adquiriendo las habilidades necesarias para lograr sus propósitos. Del mismo modo, una evaluación inicial ofrece al profesor una información muy relevante sobre el punto de partida de los estudiantes. ¿Cómo puede el docente ajustar los contenidos y los procesos de una unidad didáctica para que todos los alumnos alcancen los objetivos propuestos si no conoce las habilidades y conceptos previos que poseen los alumnos?

Tras unos años de trabajar con otros instrumentos de evaluación y de favorecer la autoevaluación y coevaluación en mis clases, extraigo dos conclusiones. La primera de ellas es que cuando un alumno conoce por adelantado los criterios de evaluación de una determinada actividad se producen varios cambios en él: por un lado, su esfuerzo es más eficaz, puede revisar sus producciones de un modo objetivo, está seguro de que la valoración de su trabajo no queda a merced de los gustos estéticos o de la opinión subjetiva del docente, sino del cumplimiento de unos estándares que se han presentado con anterioridad y que se pueden comprobar de forma objetiva; por otro lado, recibir feedback de sus compañeros hace que observe los errores con otra mirada, empieza a aceptar las críticas constructivas como una ayuda para mejorar sus ejecuciones y se siente capaz de evolucionar; por último, valorar las producciones de otros compañeros, le ayuda a ser consciente de su ejecución, a percibir los fallos ajenos así como los propios, a realizar aportaciones edificantes cuidando el lenguaje, desarrollando la empatía. En definitiva, este proceso favorece tanto el aprendizaje de nuestros alumnos, como el crecimiento personal de los mismos.

Y entonces los educadores empezamos a disfrutar de menos tiempo. Planificar la evaluación es de suma importancia. Los alumnos en este sistema necesitan conocer con antelación nuestras herramientas de evaluación, por lo tanto antes de comenzar nuestra unidad didáctica tendremos que diseccionar los estándares de evaluación y crear nuestras rúbricas, listas de control, escalas de valoración... al programar la unidad; incluso podemos prever en nuestras programaciones el momento en que vamos a consensuarlas con ellos. Durante las clases el docente tiene que prestar atención porque constantemente estará evaluando; ya no puedo llevarme "las pruebas" a casa. Los alumnos realizan la exposición en clase y durante su trabajo desplegamos todos la rúbrica pertinente para valorar su ejecución. Ahora disponemos de menos tiempo en clase (o empleamos mejor el tiempo de clase del que disponemos), ya que tras la exposición damos voz al resto de alumnos para la coevaluación... Y con todo esto ¿qué conseguimos? Alumnos preparados, que entienden el error como motor del cambio, que saben cómo realizar producciones válidas, que aprenden y evolucionan.

¿Y si empezamos a "evoluar"?





  

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sábado, 30 de marzo de 2019

DE TODO SE APRENDE...






En general, soy una persona muy curiosa y tengo altas dosis de motivación, lo que me ha empujado a embarcarme en numerosos retos a lo largo de mi vida. Hace unos años retomé una actividad que descubrí de niña pero que nunca había dominado: el ganchillo.

Mi madre siempre había hecho ganchillo decorativo además de unos cuantos bikinis para mi prima y para mí cuando éramos bebés. Para mantenerme entretenida las largas tardes de verano en casa se le ocurrió enseñarme algo y así me pasaba las horas estivales, como Penélope, haciendo y deshaciendo cadenetas de ganchillo sin llegar a concluir nunca ninguna pieza.

Cuando en invierno mis hijas recibían gorros y bufandas de regalo pensé que les gustaría llevar las prendas que elaborase su propia madre con mucho amor y casi ninguna experiencia. Y aunque esto último nunca haya sido un impedimento para mí, la verdad es que no se hacen gorros ni bufandas solo con cadenetas. Llegados a este punto, tenía que actualizar y ampliar mis conocimientos sobre el ganchillo y caí en las redes de la lana y las agujas.

En primer lugar, recordé (recordar) lo que había aprendido con mi madre, recuperé mis antiguos ganchillos y practiqué con algunos restos de hilo que encontré por casa. A continuación, busqué vídeo tutoriales sobre ganchillo y probé a repetir (reproducir) algunos de los puntos nuevos para mí que se explicaban en los clips. En este momento y gracias al optimismo que me caracteriza, decidí lanzarme a realizar (producir) mi primera labor: un gorrito de ganchillo para mi hija mayor. El resultado acabó con mis expectativas, pero sobre todo con las de mi niña que estaba deseando estrenar el accesorio en cuestión. En este momento valoré (revisar) el resultado comparándolo (contrastar) con el del tutorial: tenía que emplear otros materiales, ya que tanto el hilo como la aguja eran demasiado pequeños en comparación con los que utilizaba la experta en ganchillo al otro lado de la pantalla (criticar e identificar). Pero el fracaso no me quitó la ilusión, sino que despertó en mí la idea de que quizás debía haber empezado por algo más sencillo que pudiese realizarse con los materiales de los que disponía. Así que me puse manos a la obra y localicé otra labor (modificar), más fácil y rápida, para compensar a mi niña y para resarcirme del anterior desastre lanero.

Llegó el momento de probar con una pequeña flor que podíamos coser a una pinza del pelo. Al tratarse de un adorno, no era importante el tamaño del hilo ni de las agujas (siempre que el tamaño del ganchillo se ajustase al de la lana); ideal para utilizar mis antiguos ganchillos (solucionar) y reciclar el hilo empleado en el gorrito anterior. Volví a buscar un tutorial oportuno y con renovadas esperanzas me puse manos a la obra. Después de hacer, deshacer y rehacer (identificar, contrastar, reproducir...) algunos puntos, el resultado fue aceptable. Entonces supe que este era el principio del camino, que todavía me quedaba (y me queda) mucho por aprender y que solo con práctica y empeño, repitiendo, observando, comparando, prediciendo... podría mejorar en mi ejecución. Parece que en definitiva una experiencia de aprendizaje tiene algunas constantes se trate de lo que se trate.

Desde entonces he realizado muchas labores diferentes a ganchillo: adornos, diademas, gorros, bufandas e incluso jerseys. Con cada prenda que elaboro aprendo algo nuevo y no solo sobre el ganchillo en sí; ha aumentado mi resiliencia, ahora puedo estimar el tiempo que me llevará realizar un accesorio, soy capaz de explicar cómo lo hago, puedo diseñar algunas prendas sencillas... ¿No ocurre esto con cada situación nueva a la que nos enfrentamos? ¿No podría esta experiencia convencernos para ampliar los límites de las situaciones de aprendizaje que pueden hacer crecer a nuestros alumnos?

En conclusión, cada reto, cada desafío, cada problema pone en marcha una cantidad importante de procesos mentales que nos ayudan a crecer, a evolucionar. ¿Vamos a privar de esta oportunidad a nuestros jóvenes? Sería totalmente injusto, porque de todo se aprende.






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domingo, 17 de marzo de 2019

LA NORMA EN TU MIRADA


¿Qué es normal? ¿Qué cantidad de diferencias soporto dentro de mis parámetros de normalidad? ¿Dónde encuentro la rúbrica para decidir si alguien es normal o no?

¡Qué preguntas tan difíciles! Creo que no hemos aprendido todavía que la realidad es "insaisissable" (palabra francesa que puede traducirse por "escurridiza") desde el momento en que cada uno elaboramos nuestros juicios de valor no como son las cosas, sino como "somos", es decir, desde nuestra experiencia, nuestros prejuicios, nuestra historia, nuestras creencias... Nos cuesta entender que las diferencias del otro, solo son diferencias en mi mirada, en mi contexto, bastante limitado por cierto. Por eso, la tendencia es pensar que un alumno normal para mí será aquel que encaje en mi prototipo de alumno normal, pero ¡cuidado! eso no querrá decir que ese sea realmente un alumno normal.

La escuela del s. XX ha conservado los principios de la escuela del s. XIX a pesar de que los objetivos hayan ido modificándose poco a poco. Aquella escuela pretendía "normalizar" a sus alumnos, conseguir que fuesen trabajadores disciplinados, que adquiriesen los conocimientos necesarios para convertirse en obreros útiles. Y aquí encontramos una primera idea de lo que sería un alumno normal. La ilustración de Tonucci vale más que mil palabras.


En el s. XXI considero que tenemos la obligación de alejarnos de esta imagen y no pensar más en alumnos "normales" por dos motivos. En primer lugar, la revolución industrial quedó bien lejos y nuestro mundo avanza tan rápido que ni siquiera me siento capaz de prever qué tipo de trabajos van a realizar nuestros alumnos. En segundo lugar, sería muy injusto no valorar otras habilidades, otras capacidades que los niños tienen y que podemos ayudarles a desarrollar en beneficio de nuestra sociedad y en el suyo propio.

En el año 2012 en el programa "Redes" ya apuntaba Ken Robinson algunas ideas al respecto.



Más allá de las consecuencias académicas que esta "normalización" tiene en nuestros alumnos, son preocupantes otras consecuencias. Este concepto de normalidad, de alumnos normales frente a otros que no lo son y que habitualmente coinciden con los que suelen fracasar, genera un rechazo de la diferencia. En este momento en el que nos preocupamos tanto por defender la igualdad, deberíamos acompañar nuestras manifestaciones públicas y nuestras reflexiones en redes sociales de una actuación real y concreta para fomentar el respeto y la aceptación en la escuela que es el lugar en el que se encuentra el germen de la sociedad futura. Es difícil que un niño llegue a considerar positiva la diferencia si esa diferencia se trata como un fallo (me remito de nuevo a la imagen de Tonucci para centrarme en ese desagüe de "desechos", que por otra parte me ha evocado la saga literaria Divergente).

El objetivo de la educación actualmente debería ser dotar a los alumnos de las herramientas necesarias para convertirse en adultos responsables, tolerantes y capaces, en ciudadanos justos y honrados. ¿De qué modo un alumno que no tiene las mismas habilidades o capacidades que otro puede entender que la evaluación es justa si les pedimos a ambos que alcancen los mismos objetivos a través del mismo proceso?

Dejemos de mirar a nuestros alumnos en función de nuestros parámetros de normalidad, desarraiguemos la norma de nuestra mirada para hacer normal la diferencia; es la única manera de ser más justos.

https://pixabay.com/es/vectors/con-los-ojos-vendados-injusticia-2025474/

FUENTES

Vídeo extraído de YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=X2nWP9bztWM
Imagen de Tonucci extraída de un artículo de El Confidencial: https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/educacion/2016-06-07/ajedrez-colegio-educacion_1212523/
Imagen de Justicia bajo licencia CC0 extraída de www.pixabay.com


domingo, 10 de marzo de 2019

PARA FUTUROS INCIERTOS, MENTALIDAD DE CRECIMIENTO

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Después de más de 15 años de experiencia docente y de muchos errores y algunos aciertos, considero que la calificación ha jugado en contra de los intereses de los profesores y, en ocasiones, también en contra de los sueños de los alumnos. El visionado del vídeo de Sofía Camussi ("No soy un 7") no hace más que apoyar esta idea.

Reflexionando sobre la calificación y sobre las consecuencias de ofrecer esta información "pelada y mondada" a los alumnos y a sus familias, me asaltan varios interrogantes. En primer lugar, me parece interesante plantearnos qué significa la calificación para los alumnos y las familias. Existe la "verdad absoluta" (aceptada por la sociedad) de que "la obligación" de los niños y jóvenes es estudiar para aprobar y conseguir un título que les permita trabajar. Por tanto, el indicador de control que nos permite valorar si nuestros adolescentes están cumpliendo con su obligación y están teniendo éxito se reduce, en un porcentaje bastante alto, a las notas. Cuando, por ejemplo, tu vecina le pregunta a tu hijo "¿Qué tal en el cole?" no le está invitando a hablar sobre lo que aprende o sobre si es feliz durante su jornada; está consultando de una manera bastante directa los resultados académicos del chico en cuestión. Con este panorama, los niños han focalizado su tarea en obtener resultados académicos, independientemente de las destrezas que hayan adquirido, de las experiencias que hayan disfrutado o de los conocimientos que hayan asimilado. Éxito = notas altas. De esta igualdad se infiere: notas bajas = fracaso. Partiendo de estas premisas, el alumno y la familia pasan a estar preocupados sobre todo por los boletines trimestrales, sin prestarle atención al desempeño real de los adolescentes en la escuela. ¿Cómo podrá un alumno interesarse por lo que hace bien o mal, por aprender o por mejorar, si las únicas cuentas que tiene que rendir son las de las calificaciones obtenidas? Más bien, el estudiante intentará hallar el modo de obtener mejores resultados con el menor esfuerzo posible. ¿Dónde quedan entonces la motivación y los sueños de estos jóvenes? Pues en el limbo de la educación infantil, etapa en la que desconocían lo que era "un 7".

Por otro lado, creo necesario que los educadores nos planteemos si la calificación para nosotros es un fin o un medio. Evidentemente si tomamos la calificación como un fin estamos reforzando el concepto anterior en nuestros alumnos, el éxito se mide en puntos, promoviendo así la mentalidad fija. Pensemos en un examen tradicional; el profesor lee las respuestas de sus alumnos, hace una valoración sobre la similitud y la proximidad con la respuesta adecuada (la que él considera correcta) y emite un juicio de valor. Pero si nos quedamos ahí, sin dar más información sobre su desempeño al chico, este alumno nunca será capaz de modificar aquello que estaba mal, le estaremos privando de entender el error como motor del cambio, como oportunidad de mejora.

En el siguiente vídeo José Antonio Fernández Bravo nos invita con su experiencia a pensar.



Me quedo con una afirmación suya: "que las respuestas que obtenemos no coincidan con las que esperamos no significa (...) que no razonen, sino que simplemente hay discrepancia entre lo que nosotros deseamos y lo que obtenemos". Por tanto como profesores tenemos la obligación de dejar claro a los alumnos lo que esperamos de ellos y esto pasa por concretar nuestros objetivos antes de cada actividad, pero también, por supuesto, por aclarar mediante un feedback eficaz qué objetivos no han alcanzado y de qué manera pueden lograrlos.

La calificación no puede ser más que un indicador en una escala, una marca motivada (además de por la obligación de nuestro sistema educativo) por el progreso en la consecución de logros de cada chico. No tiremos piedras sobre nuestro propio tejado; demostrémosles a nuestros alumnos que lo importante no es el 7 o el 4 que les ponemos, sino lo que están haciendo bien y hasta dónde pueden llegar. Liberemos a los claustros y a las familias del yugo de la nota para tener mentalidad de crecimiento en la sociedad que va a organizar nuestro futuro.

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sábado, 23 de febrero de 2019

CAMINO DEL ÉXITO

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No hay evolución sin evaluación. Solo si me paro a revisar qué he hecho, cómo lo he hecho y si ha funcionado puedo reconocer mis fortalezas y mis debilidades y, de este modo, modificar aquellos aspectos que no me permitan alcanzar la meta. Esa es la evolución, la capacidad de adaptarse, de modificarse en función de las necesidades teniendo en cuenta el mundo que nos rodea para conseguir el éxito. Y la clave es la evaluación.

En primer lugar, podríamos analizar las características de las personas exitosas. En este momento existen muchos gurús del coaching y de la psicología personal que en sus blogs ofrecen píldoras y consejos para alcanzar las propias metas, pero me he querido centrar en una lista que ha elaborado la revista Forbes, a pesar de tratarse de una revista especializada en un campo bastante alejado de la educación, pero muy relacionado con lo que entendemos por éxito. En el tercer puesto de la lista nos hablan del fallo como aprendizaje; según el artículo las personas exitosas asumen el riesgo de fallar porque la enseñanza que pueden extraer del error les hará mejores en el futuro. La octava característica nos habla de evolución; se adaptan para mantener su posición e intentan anticiparse a los cambios. También en esta lista se habla de capacidad de comunicación, de cooperación, de aprendizaje continuo, de resiliencia, de la importancia del proceso y del interés en la creación más que en el consumo. Estas son exactamente las características que nuestros alumnos necesitan para convertirse en personas exitosas que construyan una sociedad mejor.

En la escuela, tanto profesores como alumnos tenemos el mismo objetivo: el éxito de los alumnos. Pero ¿es posible que este éxito haya estado malinterpretado?. Durante mucho tiempo los colegios han trabajado con la mirada en el resultado, en la calificación, tomando esta como indicador de logro. Todavía hoy en día escuchamos a muchos padres preocupados sobre todo por la calificación de sus hijos y a muchos alumnos interesados sobre todo en aquello que "cuenta para nota". ¿Tan determinante es la calificación? Quizás los profesores, la sociedad, las familias hemos "enseñado" que lo más importante es la calificación final, sin pararnos a revisar el proceso, sin facilitar al alumno herramientas para transformar esa calificación en un marcador significativo, sin estar convencidos de que para llegar a la meta hace falta conocer por adelantado la ruta y asumir el error como motor de cambio. Pues bien, en este punto entra en juego la evaluación.

Si queremos lograr que nuestros alumnos sean personas exitosas estamos obligados a realizar una evaluación significativa. Los estudios neurológicos nos han descubierto que el cerebro es plástico, entrenable y que, por tanto, el fracaso no se debe concebir como una limitación sino como una oportunidad de aprender. Tenemos la responsabilidad de modificar en nuestros destinatarios esta idea del cerebro como algo fijo, inmutable, y la evaluación nos puede ayudar a conseguirlo. Por un lado, podríamos empezar por valorar hechos puntuales, actos, producciones de los alumnos de forma objetiva, siguiendo unos criterios claros y preestablecidos, y evitar que se sientan juzgados. Por otro lado, para que el error sirva como aprendizaje necesitamos que sepan cómo corregirlo, es más, podemos hacer que dispongan de herramientas por adelantado para tener la oportunidad de no cometerlo; este es el objetivo de una rúbrica de evaluación. Por último, me parece muy interesante la idea que expone Siro López en el vídeo en el que comenta su experiencia con el Circo del Sol: respeto hacia el trabajo de nuestros chicos, poner en valor lo que hacen, aunque haya aspectos que mejorar.

En la línea de la idea anterior conecto con mi experiencia docente. Después de evaluar durante un tiempo las producciones de mis alumnos con rúbricas y listas de cotejo y de trabajar el respeto a la hora de realizar coevaluaciones (con técnicas como "dos estrellas y un deseo", por ejemplo) he descubierto que sus reacciones a las correcciones van cambiando. No solo son capaces de percibir el error y de comentarlo de forma adecuada, sino que asumen sus resultados con mayor responsabilidad y madurez. Si seguimos trabajando en este sentido tendremos jóvenes muy válidos, flexibles y capaces. El reto es cómo mejorar lo que ya estamos haciendo (revisar, evaluar y transformar de forma cíclica).

Para alcanzar el éxito necesitamos evolucionar, transformarnos, revisarnos y valorarnos. Para revisarnos y valorarnos necesitamos unos criterios razonables y mucho respeto. Para transformarnos necesitamos darle importancia al proceso, "fracasar de nuevo, fracasar mejor" (Samuel Beckett). Si nos aseguramos de que nuestros niños aprendan esto, todos los adultos del futuro serán gente de éxito.


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Fuentes: 

https://www.lavanguardia.com/vida/20131218/54398357914/claves-exito-forbes.html

https://www.lavanguardia.com/vida/20160314/40422783498/elsa-punset-entrevista-pequenas-revoluciones.html

https://drive.google.com/file/d/1rSxiTambdM7u4XXxJ3zqqw4YjRh6CsJo/view

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