domingo, 14 de abril de 2019

NO SOLO DE EXÁMENES VIVE EL PROFE...





Tradicionalmente, los profesores han calificado a los alumnos basándose en la realización de exámenes, pruebas objetivas que presentan algunas ventajas así como ciertos inconvenientes. En esta entrada intentaré llevar "el examen a examen" y reflexionar sobre su eficacia en el panorama educativo actual.

Cuando hablamos de exámenes inmediatamente pensamos en una clase ordenada en filas y columnas donde los alumnos se enfrentan solos y en silencio a una prueba objetiva sin apoyo del profesor ni de materiales didácticos para demostrar los conocimientos adquiridos a lo largo de una unidad didáctica, un trimestre o un curso. Se trata de una manera cómoda y eficaz de recoger datos individuales para luego poder analizarlos en un momento más propicio a un ritmo completamente personal (el del profesor). Las ventajas, a priori, de este sistema es que supuestamente los datos volcados en el ejercicio responden a la adquisición de conocimientos por parte del alumno, por lo tanto se trataría de una información fiable y objetiva. Por otro lado, permite al docente comprobar si los alumnos han asimilado ciertos conceptos y si son capaces de aplicarlos sin necesidad de guías o apoyos. El docente, además de mantener el silencio y controlar que los alumnos no copien no necesita realizar ningún esfuerzo extraordinario durante la realización de la prueba. El planteamiento de la prueba puede facilitar al profesor la corrección puesto que cabe la posibilidad de revisar las respuestas con una plantilla; en los casos más extremos, se realizan pruebas tipo test, a veces con herramientas digitales, que permiten una corrección automática. Por otro lado, el examen facilita la calificación sobre 10: el docente asigna la puntuación que desea a cada actividad.

Pero no todo son beneficios. Si utilizamos el examen como única herramienta de evaluación no seremos justos. Es cierto que calificar nos resultará muy fácil, pero ¿realmente estaremos evaluando el desempeño del alumno? Hay muchos factores que pueden influir para que no sea una prueba 100% objetiva y válida. ¿Nunca te han dicho tus alumnos que hay contenidos que no han visto el año anterior cuando eres tú mismo el que los trabajo con ellos? A menudo y en el mejor de los casos, los estudiantes memorizan la información para ser capaces de "vomitarla" en el papel el día del examen y liberar sus neuronas a continuación de esa carga. De esta manera, es harto complicado que retengan algún concepto. Hay otros alumnos que presentan pánico ante este tipo de pruebas (todos los hemos visto aunque no sean muy numerosos); son esos alumnos que durante las clases participan, responden, argumentan para convencer a un compañero y se bloquean cuando tienen que responder las preguntas de un examen. No se merecen que la única manera de demostrar lo que saben sea en una situación tan desfavorable para ellos. Otros alumnos hacen "trampas", copian, nos engañan; hay una versión inocente de este tipo de alumnos, el que pretende que el profesor le facilite la respuesta o, más sutil, le confirme si lo que está contestando es correcto. Con estas reflexiones, considero que hay motivos de sobra para afirmar que el examen no puede ser la única herramienta en manos de un docente si deseamos realizar una evaluación justa y equitativa.

Además de los motivos mencionados anteriormente, creo que podríamos sumar la necesidad de evaluar habilidades y no solo conocimientos. En los exámenes se pueden plantear actividades que nos permitan comprobar el grado de adquisición de ciertas destrezas, pero será imprescindible disponer de otras herramientas que lleguen a las habilidades que no alcanzan las pruebas objetivas.

Llegados a este punto me parece interesante un artículo de "La mente es maravillosa" titulado "¿Los exámenes evalúan correctamente a los alumnos?" que apoya algunos de los argumentos planteados en los párrafos anteriores y que analiza en 5 puntos los problemas de los exámenes tradicionales. A pesar de tratarse de un artículo de septiembre de 2017 me parece de total actualidad.

Sinceramente pienso que, como ya he dicho en otras ocasiones, el problema reside en que somos esclavos de la calificación y por tanto evaluamos para calificar, no para conseguir que nuestros alumnos adquieran las habilidades necesarias para la vida adulta. Del mismo modo, nuestros alumnos trabajan y estudian para aprobar, no para aprender. Y este es el drama de la escuela actual. Por suerte, muchos educadores nos hemos dado cuenta de que necesitamos otra perspectiva, otros panoramas de aprendizaje y otras herramientas que den la vuelta a esta situación.

En los últimos años cada vez más docentes somos conscientes de la necesidad de evaluar por encima de calificar para conseguir jóvenes preparados. En los últimos años he podido comprobar cómo los alumnos agradecen las nuevas herramientas de evaluación, las rúbricas y escalas de estimación, las listas de control. En los últimos tiempos he podido disfrutar de las evaluaciones entre iguales, muy enriquecedoras, siempre significativas y positivas. No quiero privarles ni privarme de estas experiencias que nos hacen crecer, a mis alumnos y a mí. Siempre les he intentado convencer de que lo importante no es el 7 o el 4, sino qué aprendizaje han realizado, qué escalón han subido, qué objetivos han alcanzado y cuáles son sus nuevas metas. Este discurso no tendría sentido sin poner el acento en la evaluación, relegando la calificación a un segundo plano, diversificando las herramientas de evaluación para que no sólo de exámenes vivan alumnos y profes.






Imágenes bajo licencia CC0 de www.pixabay.com
Artículo de la página web https://lamenteesmaravillosa.com/








sábado, 13 de abril de 2019

¿Y SI "EVOLUAMOS"?





Tradicionalmente, los docentes se han fijado exclusivamente en el producto final, como decíamos en entradas anteriores, algo que tenía sentido en un sistema educativo que pretendía "formalizar" a los sujetos para que adquiriesen las habilidades necesarias de modo que se convirtiesen en individuos productivos en labores mecánicas; esta es la herencia de la revolución industrial. Sin embargo, el panorama actual es muy distinto de la situación laboral del s. XIX, incluso de la situación de los dos primeros tercios del s. XX. Por este motivo, los docentes tenemos la obligación de modificar nuestros modelos de enseñanza y de evaluación.

A lo largo de mis años como profesora, he pasado por diferentes fases. En un primer momento, necesitaba mucho la guía del libro, me sentía segura siguiendo el orden de los temas que proponía el método elegido y realizando las actividades pautadas por el mismo. Las evaluaciones que realizaba en aquel momento eran muy pobres, se trataba de pruebas principalmente sobre el contenido de los distintos temas; a los alumnos les bastaba con memorizar, relacionar y aplicar conceptos para obtener resultados notables. Con el paso del tiempo, gracias a la experiencia, a la interacción con los alumnos, después de conocer muchos métodos y asistir a muchos cursos, mi manera de trabajar se fue transformando: cada vez me costaba menos elaborar actividades propias, veía posibilidades en actividades que se centraban en los procesos más que en el contenido, era capaz de enriquecer las unidades didácticas y de variar las actividades propuestas por el método. En este punto, ya recogía información no solo al final de los temas sino durante el desarrollo de los mismos, es decir, evaluaba durante el proceso, pero se trataba aún de una evaluación pobre. Mis alumnos no conocían mis criterios, no utilizaba herramientas de evaluación en el sentido en que hoy las conocemos.

En todo este tiempo, controlaba lo que mis alumnos habían aprendido con una prueba final, con un "examen" (me cuesta utilizar esa palabra cuando hablamos de enseñanza obligatoria con una ley que exige evaluación continua) que se realiza al final de la unidad para controlar lo que habían aprendido o no. ¡Qué osadía! ¡Como si lo único que aprendiese un alumno fuese lo que plasma en un control de conceptos al final de una unidad! Pero lo hacíamos la mayoría así y es lo más sencillo a mi parecer. Es la situación de evaluación más cómoda para el profesor y la que requiere menos esfuerzo tanto en su planteamiento como en su ejecución: escribo unas preguntas similares a las que han resuelto fijándose en el libro, reservo una sesión en la que dispongo el aula con los pupitres separados y recojo los datos para corregirlos más tarde, a mi ritmo, cuando pueda. Lo más sencillo. Y quizás lo menos significativo.

Después de hacer más cursos de Inteligencias Múltiples, de ABP, de Flipped Classroom, de Aprendizaje Cooperativo o de Evaluación Auténtica, empiezas a replantearte tus clases, tus actividades, tus limitaciones como profesor, las habilidades de tus alumnos, la necesidad de las pruebas objetivas, la importancia de evaluar otros aspectos del aprendizaje... Cuando descubrí las rúbricas de evaluación, las listas de control o de cotejo y las escalas de valoración entendí que un control no es una herramienta tan eficaz, aunque sí mucho más cómoda.

Ahora veo la evaluación como un agente principal en la evolución de mis alumnos y de su aprendizaje. La evaluación es el motor del cambio, el motor del aprendizaje, forma parte de nuestra vida, es la actividad que nos ayuda a aprender de forma natural (recuerdo aquí el vídeo de Sofía Camussi "No soy un 7"). ¿Tiene algún sentido dejar la evaluación solo para el final de la unidad didáctica? Si se trata de un indicador de logro y nuestro objetivo es que los alumnos alcancen una meta, será importante conceder a los alumnos la oportunidad de comprobar y controlar por sí mismos si van adquiriendo las habilidades necesarias para lograr sus propósitos. Del mismo modo, una evaluación inicial ofrece al profesor una información muy relevante sobre el punto de partida de los estudiantes. ¿Cómo puede el docente ajustar los contenidos y los procesos de una unidad didáctica para que todos los alumnos alcancen los objetivos propuestos si no conoce las habilidades y conceptos previos que poseen los alumnos?

Tras unos años de trabajar con otros instrumentos de evaluación y de favorecer la autoevaluación y coevaluación en mis clases, extraigo dos conclusiones. La primera de ellas es que cuando un alumno conoce por adelantado los criterios de evaluación de una determinada actividad se producen varios cambios en él: por un lado, su esfuerzo es más eficaz, puede revisar sus producciones de un modo objetivo, está seguro de que la valoración de su trabajo no queda a merced de los gustos estéticos o de la opinión subjetiva del docente, sino del cumplimiento de unos estándares que se han presentado con anterioridad y que se pueden comprobar de forma objetiva; por otro lado, recibir feedback de sus compañeros hace que observe los errores con otra mirada, empieza a aceptar las críticas constructivas como una ayuda para mejorar sus ejecuciones y se siente capaz de evolucionar; por último, valorar las producciones de otros compañeros, le ayuda a ser consciente de su ejecución, a percibir los fallos ajenos así como los propios, a realizar aportaciones edificantes cuidando el lenguaje, desarrollando la empatía. En definitiva, este proceso favorece tanto el aprendizaje de nuestros alumnos, como el crecimiento personal de los mismos.

Y entonces los educadores empezamos a disfrutar de menos tiempo. Planificar la evaluación es de suma importancia. Los alumnos en este sistema necesitan conocer con antelación nuestras herramientas de evaluación, por lo tanto antes de comenzar nuestra unidad didáctica tendremos que diseccionar los estándares de evaluación y crear nuestras rúbricas, listas de control, escalas de valoración... al programar la unidad; incluso podemos prever en nuestras programaciones el momento en que vamos a consensuarlas con ellos. Durante las clases el docente tiene que prestar atención porque constantemente estará evaluando; ya no puedo llevarme "las pruebas" a casa. Los alumnos realizan la exposición en clase y durante su trabajo desplegamos todos la rúbrica pertinente para valorar su ejecución. Ahora disponemos de menos tiempo en clase (o empleamos mejor el tiempo de clase del que disponemos), ya que tras la exposición damos voz al resto de alumnos para la coevaluación... Y con todo esto ¿qué conseguimos? Alumnos preparados, que entienden el error como motor del cambio, que saben cómo realizar producciones válidas, que aprenden y evolucionan.

¿Y si empezamos a "evoluar"?





  

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